Parlant amb la Marta sobre com vam acabar tocant el violí...

pediste que te apuntaran a violín? Jojo, yo recuerdo perfectamente el momento, estaba yo espachurrada en el sofá, con 9 años también, cuando mi padre se acercó: "Anna, te gustaría tocar algún instrumento?", y yo sin ni siquiera mirarle, dije "Pse". Y él, "qué te parece el violín?". "Pse", confirmé yo, y así empezó todo.

Aunque mi proceso fue un poco más movidillo que el tuyo, parece... Empezé con un 2/4 del cual rompí el arco al poco tiempo al darle al piano que me acompañaba durante un ensayo. Poco después se descoló el batidor, suerte que ya me había crecido el brazo lo suficiente como para comprar un 3/4. Tuve hasta cuatro profesores individuales diferentes, pero que muy diferentes entre ellos, des del que me llamaba "Anita" a una histérica que me hacía llorar de las broncas que pegaba (por diós, era preadolescente, ir a clase de violín era lo último que me apetecía al salir del cole). La siguiente pasó de enseñarme los cambios de posición; mientras todo el resto de estudiantes me dejaban atrás ella quería "expresividad" y " sentimento". No veas la cara que me puso mi última y mejor profe cuando hace 5 años le dije que nunca había hecho yo uno...!

Aunque, como tu bien dices, lo mejor era el conjunto. Con lo que odiaba hacer conciertos, al menos en grupo nos dábamos ánimos unos a otros. En la escuela nunca había habido orquestra, así que fuímos pioneros con una orquestra de cuerda que siguió funcionando independientemente cuando un par de años después se juntó con la parte de viento; esa fue la orquestra que, ensayando los sábados, fue al fin de viaje a Noruega por el Festival de Jóvenes Músicos Europeos. Para entonces yo ya era la mayor en la escuela, y los años que siguieron seguí en la orquestra de pareja del concertino, porque esta había pasado a ser actividad obligatoria para los que entraban, y para que algo sonara en los conciertos aparte de grrrrnyeeeec y grrnyiiiiiiiic necesitaban que los que sabían echaran una mano. La verdad es que a veces te sentías un poco como el buen samaritano, rodeada de quinceañeras cuando yo ya iba por los 19. Lo que secretamente me fastidiaba un poco es que mi compañero de faristol siempre fue más joven que yo, a veces me sentía un poco inútil (aunque la última seguro que agradecía tenerme allí al lado, era una fantástica violinista pero no sabía entrar, y claro, siendo concertino, teníamos un problema...).

Ahora que lo pienso, no sé como aguanté tanto sin abandonar, no porque me gustase especialmente, sino porque era como ya establecido, yo me iba a música cuando salía del cole y punto. Y aunque nunca hize la prueba de acceso al conservatorio (tenía claro que la música no era lo mío), sí que llegué al nivel en que disfrutaba tocando. Y eso era todo un cambio, te lo aseguro. Fue cuando creamos (otra vez pionera :P) el primer cuarteto de cuerda de la escuela, y la verdad es que teníamos nivel. Todas cuatro habíamos crecido en la orquestra, y eramos las que la llevábamos adelante y dábamos ánimos a los pequeños para que se esforzasen. Recuerdo que el cuarteto siempre lo ponían el último en los conciertos, y los papis y mamis, casi dormidos después de 2 horas del hijo del vecino tocando, se despertaban de golpe y se levantaban y aplaudían. Porque notaban que lo pasábamos bien, y parece mentira pero eso se transmite de manera cristalina, igual que los errores se notan no por lo que tocas sino por como reaccionas. Nos especializamos en tangos y polkas, y nos distinguíamos por ser las únicas vestidas de manera acorde, normalmente de agresivo rojo y negro, y por nuestra inventiva visual, algunas piezas las habíamos acabado levantándonos a una, tocando las cuerdas del de al lado, etc.

No sé qué habrá pasado con el cuarteto, por irme a Dublín la verdad es que las dejé muy colgadas. Y también a la orquestra de la Pompeu... Eso fue como la prueba final, poder tocar sin tener un profe individual que me ayudase... Y fue genial, era como tocar, al fin, en una orquestra de verdad. Pero qué digo! Éramos una orquestra de verdad! Estoy segura de que hubieron errores monumentales en el Concierto de Santa Anna. Alguién que no entró, alguién que no repitió. Pero también estoy segura de que al público le encantó. Porque si alguna cosa no nos faltaba, eran ganas de tocar.